En pantalla todo se ve vivo y nítido. En papel, esa misma foto se convierte en una trama de puntos CMYK. Entender ese paso evita tiradas decepcionantes y ahorra tiempo en correcciones.

Ilustración del artículo · Imprenta Lebrijana
Cuando enviamos una fotografía a imprimir, no viaja como la vemos en el monitor. El flujo de preimpresión la descompone en cuatro canales —cian, magenta, amarillo y negro— y cada uno se convierte en una trama de puntos de distinto tamaño o frecuencia. El ojo humano mezcla esos puntos a distancia y reconstruye el color continuo.
Por qué RGB y CMYK no hablan el mismo idioma
RGB es luz: suma colores. CMYK es tinta: resta luz sobre el papel blanco. Un azul eléctrico de pantalla casi nunca cabe entero en gamut de offset. Por eso conviene convertir a CMYK con un perfil adecuado (FOGRA39 o el que indique su imprenta) y revisar zonas saturadas, cielos y negros profundos antes de cerrar el PDF.
Resolución realista para trama
Como regla práctica, 300 ppp a tamaño final es un buen punto de partida para offset comercial. Si la imagen se ampliará, calcule la resolución sobre el tamaño impreso, no sobre el archivo original. Una foto de móvil a 12 megapíxeles puede bastar para un A5, pero se queda corta en un A2 a calidad editorial.
Líneas, textos y fotos juntas
Los textos finos y los logotipos vectoriales no deben rastarse como foto. Separe capas: tipografía en negro 100 % o tintas spot cuando proceda, y reserve la trama para imágenes tonales. Así evita bordes borrosos y gana contraste en titulares.
- Imagen en CMYK con perfil acordado
- 300 ppp al tamaño final de impresión
- Sangrado de 3 mm si la foto llega al borde
- Prueba de color en tiradas exigentes
En Imprenta Lebrijana revisamos densidades y tramas antes de poner la máquina en marcha. Si trae el archivo en RGB, le ayudamos a convertirlo con criterio, no con un «guardar como» a ciegas.